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LA COSTUMBRE DE QUE LOS NIÑOS VISITEN LAS CASAS EN LA NOCHE DE LOS ESPÍRITUS

Muchas de las tradiciones Celtas han sido aprovechadas por otras culturas, adaptadas a otra forma de vida, a menudo, con bastante acierto.

Un buen ejemplo es la costumbre de visitar las casas pidiendo dulces y golosias en la noche de los espíritus, vestidos para la ocasión, sobre todo los niños con los disfraces alusivos a esa festividad.

A mi,  personalmente, me parece fantástico que esa tradición no sólo no se pierda, sino que al adaptarse a nuestros tiempos, halla adquirido un cierto encanto, un tono cercano muy especial.

Este fue el comienzo…

En la cultura celta existía la costumbre de designar, en la noche de los difuntos, a algunos personajes de la comunidad como embajadores de los muertos.

Normalmente, estos personajes eran los menos favorecidos. Los más pobres, los que sufrían alguna pena (ya fuera de amor o de salud), los que, eso suponían los Druidas y con mucho acierto, serían escuchados con más atención por los Dioses, que parecen siempre más atentos a las personas que más los necesitan.

Estas personas iban de casa en casa pidiendo comida para los difuntos y como ya estaba convenido, las gentes del poblado, preparaban una torta, un pastel especial para la ocasión y que llamaban “torta de animas”.

La tradición dice que los mensajeros se reunían luego en algún lugar de los bosques y se comían las tortas en homenaje a los difuntos de cada hogar que habían visitado y los invitaban a compartir con ellos todos esos manjares.

Antes de empezar la cena – porque era una cena – dejaban parte de la comida en alguno de los lugares más altos, colgada en cestillas de las ramas de los árboles o sobre algunas rocas, como ofrenda a los Dioses, para que permitieran la comunicación con los espíritus y les protegieran en su tránsito.

De ahí viene el que sigamos yendo de casa en casa pidiendo, no la “torta de las ánimas” como en la antigüedad, pero sí algunas chucherías que la simbolice: los caramelos, los dulces, los pastelillos, de lo que hoy mucha gente llama Halloween.

Y tenéis que saber que cuando acompañamos a nuestros niños de puerta en puerta, guiando nuestro recorrido por los adornos y símbolos de las ventanas que nos hacen saber que en ese lugar somos bien recibidos, estamos recordando y recuperando una tradición de nuestros ancestros.
Una preciosa y dulce tradición celta.

(Me gusta que esto quede claro para quienes piensan, desde otros lugares, que algunas de estas costumbres son suyas…)

No os olvidéis de separar, antes de terminarlos todos, alguno de esos dulces para dejarlos en algún rincón y que los espíritus dispongan de ellos.

Esa es una de nuestras ventanas. Es, lógicamente, de otro Samhain, porque este año, aunque nuestra puerta estará también abierta y en las ventanas no faltaran los farolillos, ni los fantasmas divertidos, ni las calabazas, los niños no vendrán…

No importa. Pediremos para que esto sea sólo una pausa, una anécdota que recordar y que contar, con una sonrisa, en los años futuros…

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